Reconócelo

Un amigo mío tiene una sección en un programa de radio en la que habla sobre tele con una periodista muy reputada de este país. Me parece un espacio muy dinámico, didáctico y entretenido. Actualmente pocas personas se dedican a comentar la tele más allá de su superficie, olvidan la divulgación y se centran en el click instantáneo. Mi amigo le da la vuelta a la tortilla, cocina con pasión su sección y se nota. Todo esto que escribo aquí ya lo sabe porque yo se lo he dicho sin tapujos, reconociéndole su trabajo bien hecho y siendo sincero con mis pensamientos.

Pero ahí no queda la cosa.

“Qué interesante eres”. Tengo una cita y el chico que está justo en frente de mí se queda cortado. No sabe qué decir. Lo interpreto como que le ha dado vergüenza el halago, algo parecido a cuando te dicen otra clase de halago y no sabes dónde meterte. Luego pienso, “¿creerá que le estoy haciendo la pelota para llevarlo a mí terreno (que también, pero no es el caso)?”. Vuelvo a pensar, “¿por qué cuando salta en nuestra mente una virtud del otro nos cuesta verbalizarla o sentimos que se puede percibir como un arma interesada?”.

Acababa de contarme sus inquietudes, lo que le mueve en el mundo. En tan solo un rato de conversación me había dejado claro que es de esas personas que están activas en la vida, que la miran con perspectiva, en definitiva, que están. Y eso me gusta. Y lo digo a boca llena (una expresión muy de mi pueblo que me gusta mucho).

Hemos llegado a un punto en el que la crispación, la arrogancia y los nulos baños de humildad están presentes en nuestro día a día. Porque lanzar un tuit mostrando nuestra indignación acerca de algo nos hace héroes o abanderados del momento, pero cuando la cuestión se solventa, hacemos bomba de humo. Sí, nos cuesta reconocer lo que está bien. Se nos dibuja una pendiente interminable cuando nuestro argumento quejoso ha caído por su propio peso o ha servido como pieza clave para la solución. Parece que destruir alivia más o llena hasta rebosar nuestro saco de interacciones en las redes. Nos cuesta decir a viva voz que nos alegramos por la suerte del que tenemos al lado porque en innumerables ocasiones lo vemos con rival y no tenemos la decencia de llamar a la empatía y que nos haga una visita.

Ah y no sé si lo sabes, pero en las redes sociales hay mucho falso reconocimiento. Grupos de personas que felicitan a una de éxito para estar dentro del algoritmo que la red le marca a esa persona de relevancia y así colocarse ellos mismos dentro de la burbuja que le otorgará likes, retuits o cuántas formas de interacción existan. ¿Quién no ha comentado “guapa”, “guapo” a algún influencer porque sabes que ese comentario te trae seguidores o el mismo personaje va a empezar a seguir tu cuenta? Esto está a la orden del día.

Por eso, como apenas llevamos diez días del primer mes del año, podemos incluir en nuestra lista de propósitos el aprender a reconocer lo bueno que, aunque parezca un disparate, no se hace. Que los jefes sepan dar relevancia a lo positivo con la misma fuerza que sacan el taladro cuando algo no está bien, que no nos tiemble el pulso para mostrarle nuestra admiración a la persona que tenemos al lado y que seamos capaces de agradecer con sinceridad, porque nos sale, porque la patata nos ha dado un vuelco ante ese estímulo y necesitamos comunicarlo.

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